viernes, 14 de agosto de 2009

Arte en colaboración

En mi casa no entienden cómo puedo ponerme las pilas con la música que pongo, según ellos es para dormir y yo la escucho para despertarme. El viento golpeaba mi rostro, pero parecía dar alas a los cometas que en el firmamento se perdían hasta volverse pequeños puntos de todos colores sujetados a hilos que terminaban en manitos pequeñas con grandes sonrisas…
En el desayuno la música tiene que ser suave, digo, pero me recriminan diciendo que, al contrario, para despertarme de una vez los sonidos deben ser fuertes.¿Acaso puede uno despertarse o la vigilia es la parte del sueño que compartimos con otros soñantes?
Al fin levantarse es tan costoso por que volvemos a la realidad, donde nuestros sueños, sueños son y rutina es lo que nos espera para atontarnos con su comodidad.
Hay quienes prefieren que les rasquen la espalda con mil uñas que les hagan abrir todos los ojos, yo prefiero vivir en la confusión: la música suave es como una caricia casi sin tocar que hace mucho más difícil decidir si el sueño terminó.
¿Acaso alguien podría distinguir vigilia de sueño? ¿Soy un hombre que sueña ser Dios o soy Dios que sueña ser un hombre?
Es así como cada mañana me despierto con la esperanza de hacer que los sueños se vuelvan eternos, y yo vivir en esa eternidad que no lastima, sino que acaricia la herida de la realidad.
¿La realidad será aquello que se me presenta tan cruda y fríamente? ¿Acaso habrá algo mejor detrás de las vendas de mis ojos? En los sueños ansío eso…
Con el mate se van lavando mis preguntas. ¿Hace frío? ¿Cuánto me abrigo? que no se hiele mi sangre ni en sueños…
Mis preguntas se lavaron, al igual que el mate. Pero no hay tiempo de arreglarlo, tanta filosofía sobre mis sueños ha llevado su tiempo y al mirar el reloj me doy cuenta que ya llego dos horas tarde al trabajo, entonces pienso si algún día podré relajar este cuerpo mortal, escapando a la materialidad de este mundo, para refugiarme en pensamientos inmortales, para refugiarme en tiempos inmortales y volar tan alto que al caer no duela tanto. Pero si acaso duele, yo estaré seguro que no habrá sido en vano volar… pero el dolor tiene pies de plomo y me ata a la tierra estéril hambrienta de sudor y lágrimas. El cielo no es más que un espejismo, el sino de mi deseo (“sino” como destino, el cielo es un espejismo, el destino de mi deseo, es un deseo no cumplido, no creo que Borges o Sábato tuvieran que explicar lo que escriben)
En busca de ello voy, así pierda todo con el fin de encontrarlo, cierro los ojos, cuento hasta diez y vuelvo a abrirlos. No hay nadie. Con cautela empiezo a caminar, yo sé que están agazapados esperando el momento de atacar… piedra libre para Alicia atrás del espejo! Camino a ciegas buscando algo de luz, me golpeo, reboto, caigo y me vuelvo a levantar; aunque me clave las espinas de las rosas y mis manos lloren sangre, voy a seguir, cuantas veces tenga que volver a empezar. Cierro los ojos, cuento… uno, dos, tres y espío. Corren desordenadamente, cuando chocan se agarran de las manos, dan tres vueltas y vuelven a correr.
Cierro los ojos y mientras avanzo, sueño. Y en mis sueños soy mi presa, que descansa sobre el marco de una ventana hecha de cañas de bambú. Me deleito con el exotismo de la escena. Me río un poco. Abajo está todo tan gris. Con una mano atrapo dos carcajadas, me las ato a la espalda y vuelo hacia una multitud de puntos de colores que parecen cometas sostenidos por el viento que me golpea el rostro…y vuelo como un bebé recién nacido con millones de cosas para explorar, observo los árboles, los rayos de sol, los pajaritos que vuelan a mi lado, y siento muchos perfumes… siento muchos perfumes pero ya no reconozco ninguno…será que perdí el olfato o que simplemente ya no puedo reconocer nada a mi alrededor, todo parece nublarse…¿seré acaso un árbol en donde los pájaros descansan tras su vuelo, mientras los veo desde la imposibilidad de volar yo mismo? ¿Seré el espectador, que mustio y yerto sólo puede percatarse de lo exterior sin poder escaparse de la tierra?
Me quedo en silencio… cierro los ojos y siento que mi cuerpo está completamente congelado. Éste es el momento justo para dirigirme hacia mi interior. Me aterra porque huí tanto como pude a este reencuentro, y sé cuántos miedos, vergüenzas y fracasos hay en él, pero si hay algo más? si hay algo que me ayude a salir airosamente a la superficie?
No había barajado todas las opciones.
¿Y si hay algo que me estimula a seguir en la introspección? ¿A no salir nunca más de ella? Y si me envicio con mi mundo interior y no quiero saber más de los otros mundos? Sólo yo y mi mundo interno en un abismo de intriga y de sensación, disfrutando y padeciendo de mi existencia sin ningún testigo, sin nadie que reproche ni reclame ni celebre ni lamente. Luego de un tiempo de silencio y de ausencia de interacción, ¿comenzaría a autocriticarme para entretenerme? ¿jugaría conmigo? ¿pelearía? ¿sería capaz de sobrevivir a mis propios diálogos internos?
Cierro los ojos y mi cuerpo se entumece...

(agradecemos la colaboración desinteresada de Sofaia, Miks, Sambu, Sheeba Baby, Carlitaaaa, Fabiana, Ceci, Pablo, Ina Copeti y Greta Garbo)

viernes, 7 de agosto de 2009

EL MITO DE LA SIRENA (Investigaciones Acerca de la Histeria Parte I)


Freud pensó que todos lo mitos son universales y típicos de la humanidad y eligió el mito de Edipo como modelo de la construcción del psiquismo.
El mito de la Sirena es también un modelo que alcanza una dimensión clínica y que representa un modo de funcionamiento propio de la patología histérica. El mito de la sirena expresa una conducta humana, donde se conjugan la seducción y la prohibición. La sirena, con su cuerpo dividido (mujer-pez), cuyo dorso se muestra desnudo, en una promesa de amor y sexualidad, pero al mismo tiempo con su cola de pez, marca la prohibición y la imposibilidad de unión. Representa, por lo tanto, la paradoja en la que la histérica se encuentra; por un lado su preocupación por el propio cuerpo, por su imagen, mostrándose sexual, exhibiéndose para ser deseada, es decir, en un cuerpo que muestra erotizado, pero, por otro lado, la histérica rechaza y se rehúsa a cualquier contacto con el otro. Pondera de una sensualidad de la que no se puede hacer cargo. La sirena, con su cola de pez y la histérica en una frigidez eterna representan a la niña-mujer hermosa, que sólo puede contemplar con regocijo su imagen en el espejo; pero no puede acceder al otro quedando atrapada en su propio narcisismo, envolviendo con su música enigmática al otro en una esperanza de amor imposible de concretarse. Se proponen como objetos de deseo del otro, pero no aparecen ellas mismas como sujetos deseantes. Una mujer, que no es mujer, que ofrece una relación ideal donde la sexualidad ocupa un lugar de privilegio, pero es un ofrecimiento fallido que trae consigo aparejado la prohibición del encuentro sexual con el otro. La sirena representa una belleza ideal inalcanzable, expresada a través del sonido, la música que embriaga, adormece e hipnotiza con una promesa de amor eterno, pero nunca cumplido. En la sirena, representada a través de la patología histérica, hay una vigencia permanente de dos modos psíquicos, un modo narcisista y otro edípico. Narcisista, por que ambas están atrapadas en el propio cuerpo intentando verse y conocerse a sí mismas, enajenadas con su propia imagen, donde el objeto no es reconocido como otro, y a su vez, edípico porque busca y atrae con su música al otro en una necesidad de ser admirada, pero, a su vez, con la prohibición del acercamiento.
El síntoma de la histérica tiene como objetivo primario el buscar ser amada, pero despliega una serie de mecanismos de evitación y compromiso genital. La histérica adopta la figura de la sirena, y su forma de presentación podrá ir cambiando de época en época, pero no cambiará su fondo, ya que irá asumiendo siempre la forma que resulta especialmente atractiva para aquellos cuya atención quiere lograr, en un juego paralelo de atracción-rechazo que encubre su propia conflictiva edípica infantil que prolonga en su fantasía. El trabajo psicoanalítico con la histérica será que pueda reconectarse con su cuerpo sexuado, para acceder al encuentro con el otro en un reconocimiento del placer; enlazando el cuerpo con el deseo, y no tan sólo un cuerpo infantil, un cuerpo símbolo de vivencias edípicas enquistadas que impiden el encuentro con el otro significativo. El cuerpo en la histérica frontera de su relación con los otros, la música, en la sirena, un canto melodioso e hipnótico que envuelve en una espera eterna. El mito de la sirena grafica la esencia de la histérica seductora y atrayente, resaltando especialmente su paradoja constante de querer amar, y buscar ser amada, pero al mismo tiempo la prohibición y el rechazo, quedando atrapada en un cuerpo sin deseos, donde el otro permanece extraño. La fascinación por la figura de la sirena representa el enigma del deseo y de la prohibición, la histérica renuncia al deseo sexual, reprime sus impulsos y lo sustituye sólo por la seducción, ubicándose en el imposible objeto del deseo. Así como el mito de Narciso se centra en el amor a si mismo, y el mito de Edipo tiene, para el psicoanálisis, un papel estructurador psíquico, donde prevalece la rivalidad, pero también la relación de objeto; el mito de la Sirena se nos presenta como paradigmático de la histeria y permite reflexionar acerca de los diversos modos de funcionamiento psíquico, y pone de relieve la compleja mente humana y sus avatares frente al amor.

(fuente: http://www.cppl.org/hojas/articulo.php?vermas=8)
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