miércoles, 22 de octubre de 2008

La verdadera historia del Viejo Vizcacha. Parte 2. Parágrafo 1. Acá está la quinta pata

Por Juan Cruz García
Escriba invitado.



Explorar una vez más la nebulosa historia del Viejo Vizcacha con el objetivo de dar luz sobre alguna zona ignota hasta nuestros días, es menos una odisea que un imposible. Aún así, lucrativo resulta realizar el esfuerzo de despegarme de pretéritas perspectivas doctas e intentar circunscribir, aunque más no sea, bisoños panoramas. Se me antoja que no ya de los vaivenes etimológicos y costumbristas del hábito que adopta como amuleto al V.V., sino que nos abocaremos a adentrarnos en las particularidades de los sujetos de tal verbo. No presumiré yo de estar haciendo aquí análisis con pretensiones científicas, ni mucho menos. No obstante si otros hombres de ciencia desean incluir esta humilde monografía dentro de las páginas de los tratados científicos, tampoco me opondré.
En el transcurso de este segundo capítulo no ha de costarle al atento lector darse cabal cuenta que más que corroborar o complementar al anterior, se alcanza con respecto al mismo un extendido disentimiento, una elevada confrontación, cuando no la más absoluta indiferencia por lo que el otro autor pudo haber dicho.
Tampoco faltará el lector que, pretendiendo estatura de avisado, intente atribuirle mis opiniones a autores que habrían dicho lo que sigue profundamente mejor y sin tantos rodeos. Pero me anticipo a tales críticas informando que el mero hecho de articular una idea, implica en su misma esencia la referencia a quien la haya esbozado previamente, en cuyo caso citar a cada uno de quienes nos nutrimos en nuestras elucubraciones no sólo representa retrotraernos hasta nuestra más tierna infancia, sino también, y considerando la intrincada conexión de los pensamientos e interrogantes desde que el mundo es mundo, a una engorrosa serie retrospectiva de seres que hubieran no ya creado, sino apenas repetido o sospechado cada concepto e incluso palabra, por no caer en el extremismo de hacer mención a quienes tangencialmente hayan rozado la temática o pudiesen haber alcanzado algún tipo de vinculación; por tanto, no esperen que este artículo contenga bibliografía. Por otra parte, un buen análisis no se sostiene desde la inmediatez de la presencia del objeto, se instituye por la destrucción de tal inmediatez. El peligro, según creo, es que se diluya el punto a partir de tanta dilatación y que se intente sacar partido de la incertidumbre de la razón, sin más artilugios que los rodeos de alguien que argumentando la no inmediatez, termina haciendo puras cavilaciones en derredor de puntos fijos.
El caso que nos ocupa sin dudas es ejemplar. Había que definir de qué.
Puede decirse que hacer del análisis histórico el lecho fatal del finado Procusto, en donde lo que sobra se corta y lo que falta se estira, es un acto criminal con el personaje y una blasfemia para la ciencia. O podría suponerse que una vez que los moldes teóricos no admiten al dato obtenido tal como las expectativas lo esperan es imprescindible agregar otro marco, agrandar el umbral o redondamente disfrazar o transformar la experiencia, hacer una petición de principio introduciendo en la explicación lo que tiende a ser explicado, por no mencionar la suspensión lisa y llana de la faena por escépticas razones. Incluso es posible, en un estilo realmente pragmático, ocultar cómo se fueron dando los obstáculos y cuáles fueron los caminos que permitieron sortearlos, para no caer en subjetivismos oscurantistas. Entregando así al mercado de la compra-venta de discursos, la objetiva historia de cómo se alcanzó tal o cual verdad científica, adoleciendo de historiador y a mi entender también de veracidad, desde el mismo momento en que se eclipsa desde dónde se sostuvo el que pretende estar mostrándose imparcial. El dato puro y ayuno de subjetividades es pariente más directo de ilusión que de la realidad, de la que aseguran está sacado.
Haciendo de la observación los cimientos de mi tesis, no dudo en abandonar mis especulaciones teóricas cada vez que me lo ordene una nueva intelección de la experiencia. Aunque es justo aclarar que para llegar a esa instancia ni un instante cavilaré en llevar mis argumentaciones al extremo en una postura más proclive a la militancia política que a la del científico. ¿Pero acaso hay otro modo en las discusiones científicas que ser por un rato el abogado del diablo y defender con uñas y dientes los argumentos sobre un supuesto del que sin certeza psicótica mediante ni iluminismo profético, nosotros mismos dudamos? No lo sé, lo confieso. A este gato nadie le ha puesto su cascabel.
Admito que de seguro lo que sigue no es nuevo, pero para mí necesario, a pesar de que se vea como una trillada más sobre un campo ya cosechado. Porque es justamente lo que por lo pronto va diseccionando mis pasos por el labrantío científico, es que me permito soltarlo una vez más al viento, aunque sea con el propósito de calmar el miedo sin que se disipen con ello las oscuridades. No hay más remedio que enfrentar una y otra vez la tormentosa tarea de compartir con los demás no sólo lo que con asombro se ha alcanzado como una modesta verdad, sino también aquello que con pena se distinguió como un atolladero infranqueable que nos supera, y para el cual sólo tenemos nuestra versión, más o menos fragmentaria. La transmisión de la experiencia es tan fundamental como imprescindible, pues no es la tesis la que debe regular los casos, sino todo lo contrario. Y llegado el momento es oportuno caer en la cuenta de que por más que a ojos vista ningún pelo se escape de nuestra redecilla teóricamente solventada, siempre habrá algún traicionero capilar que se deje asomar desde otra perspectiva menos militante. Derrumbando de un sólo plumazo la endeble torre que supimos construir a fuerza de múltiples malabares. Equilibrio que se ve amenazados con cada nueva carta adosada del infinito mazo que supone la construcción del conocimiento, siempre y cuando sostengamos que la existencia del hombre es eternamente perdurable. Eso es pues lo que leo en el caso que hoy me ocupa, y precisamente de ello es un ejemplo el V.V.
Pues bien, me propongo ahora sí, ahondar en lo que respecta a la subjetividad que atañe a los fervientes devotos de la semidiosificada estatuilla del Viejo Vizcacha.
No ha de asombrarnos que tales seguidores no cuenten con todas las luces a su disposición. Esto se hace a la vista desde el mismo momento en que depositan no sólo sus esperanzas sino también sus agradecimientos en un trozo de materia. Aunque se sabe, y lo confirma el saber popular, que a más de una señorita, ciertas sustancias extensas las hacen caminar como al burro la zanahoria. Saber certificado incluso por eminencias de la literatura fantástica como un tal S. Freud o J. Lacan, que según sé, pasaron largo tiempo de sus vidas intentando explicar cómo un señor que llevamos dentro, al que llaman subconciente, agarra todo para el lado de los tomates. Pero siendo esto harina de otro costal, de ninguna forma del costal del V.V., no profundizaremos en ello.
Aquí lo que interesa, al menos a mí para ser franco, es ver por qué demonios un tipo le da tanta trascendencia a una figurilla a la que le adosa la responsabilidad de sus miserias o triunfos en vida. A decir verdad, creo que es inexplicable desde cualquier lógica, pero haré el intento por llegar al menos a plantear una hipótesis para que el resto de la comunidad científica comience a discutir sobre este interrogante, sin temor a dar por tierra con los paradigmas vigentes.
Mi hipótesis señores, es simple y terminante: estos tipos están locos.

Continuará...

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