sábado, 4 de octubre de 2008

Sólo el amor hace condescender el goce al deseo...

Voy a hilvanar algunas ideas sobre ustedes, féminas fascinantes, exquisito manjar de este mundo. Puede que les caigan para donde la espalda pierde su santo nombre, pero estoy seguro que no les costará identificarse con lo que digo. Ustedes pueden ocupar el papel de víctima o de desdichada insatisfecha, de eterna incomprendida o de pobre puta que sólo soporta el goce ajeno. Acercarse a una dama es siempre acercarse a su miedo. Miedo que la angustia, y que para atenuarlo sostendrá sin desmayo el lugar de la insatisfacción. En una suerte de desprecio militante, en el que todos tendríamos que ser mejores personas a vuestro gusto y placer, se deja ver un temor. Seguro que no se trata de algo sabido, pero ¿cuál podría ser el peligro? ¿A qué le tienen miedo? Creen que si la satisfacción les fuese posible, si les fuera posible gozar, completa y absolutamente, ese goce mataría o volvería loco. Y da lo mismo si ese goce es incestuoso, orgiástico o es alcanzado a fuerza de opulentas ravioladas. Por tanto intentan evitar, alejar, rodear, cualquier posibilidad de acercamiento a esa satisfacción que alucinan. Y así, cualquier intercambio con el otro las conduce irremediablemente a la insatisfacción, porque el otro es a veces poderoso, a veces débil. Excede las expectativas o no las colma, pero siempre las decepciona. Claramente se las arreglan muy bien en descubrir los puntos en que los que las rodeamos somos fuertes. Descubren y reconocen la fuerza del otro, y explotan y abusan de esa fuerza para humillarlo. De ese modo reinan en su impotencia, que las conmueve, pero para la que no tienen remedio. Y así, se trate de su potencia o de su falla, acuden siempre a la cita de la insatisfacción. Y en ese reencuentro renovado cada lugar que eligen, es un lugar de desprecio. Si se trata de poder, el excesivo poder del otro les resulta humillante, y por eso es despreciable. Y si es el punto donde detectan su caída... cualquier ídolo, si quieres, tiene los pies de barro. Es en ese movimiento de atracción y decepción donde esconden las huellas del deseo. Sus sensaciones, abiertas al exterior, se extienden, tocan y se van, excitan y se retiran, y es de esa pasión que despiertan en los otros que se alimentan, a la vez que se alejan del camino del deseo. Peldaño en el que los pies no avanzan, las manos tocan y no sienten, el cuerpo calla o grita, hablando sin parar pero sin atreverse a escuchar. Porque escuchar sería permitir ser dicha por otro. Escuchar sería no dar por buena la mascarada e ir más allá, permitir el viraje en el discurso que diera como resultado una mujer. Pero cuidado, una verdadera mujer es aquella que puede ponerse en relación a su deseo sin explicarlo todo desde el otro. No es cuestión de constatar si uno es el adecuado o no. Una mujer puede desear sin echarle el fardo al otro, sea quien sea el que se ponga como causa. Virando, poniéndote en relación a tu propio deseo, es que podrás salir de la eterna trampa del deseo de un deseo insatisfecho. Pero recuerden que el deseo no se satisface. Se realiza. Sé que, inevitablemente, al menos en algo se han sentido identificadas. Pero eso no es lo que buscaba. Lo que pretendo es que se atrevan a producir ese viraje y se acerquen a nosotros como verdaderas mujeres, aceptándonos la eterna invitación a cenar. Yo propongo ravioles.

3 comentarios:

merengadas dijo...

A mi me gustan los de seso, con fileto y bastante queso rallado

Pensá que además las mujeres, vivimos en falta amigo, nos falta algo, que en algún momento perdimos, y es en esa búsqueda constante en la que devienen tantos vaivenes

me gustó el texto, interesante!

Andreievna dijo...

"una verdadera mujer es aquella que puede ponerse en relación a su deseo sin explicarlo todo desde el otro".
Acaso evitar hacerse cargo es algo exclusivo de un género?

Me gusta que otro nombre mi malestar. No estuvo mal ;)

Gastón dijo...

No, andreievna querida, es privativo de una posición, de cómo uno se posiciona ante el otro. El género puede ser cualquiera. Lo que cambia es la relación que se establece con el deseo, y por tanto, con el otro. Merengadas, sin falta no hay vidas, hay divas. Mejor que haya falta, y si no hay, poder recrearla. Tampoco exclusivo de género ni posición, es absolutamente inherente al sujeto, aunque nos empeñemos en taparlo. Gracias por pasar, sigan hasta el fondo, los ravioles casi que están...