viernes, 24 de octubre de 2008

La verdadera historia del Viejo Vizcacha. Parte 2. Parágrafo 2. Acá está la quinta pata. Continuación.

Continuación de los divagues.
Extraiga sus propias conclusiones.

Puede decirse que hacer del análisis histórico el lecho fatal del finado Procusto, en donde lo que sobra se corta y lo que falta se estira, es un acto criminal con el personaje y una blasfemia para la ciencia. O podría suponerse que una vez que los moldes teóricos no admiten al dato obtenido tal como las expectativas lo esperan es imprescindible agregar otro marco, agrandar el umbral o redondamente disfrazar o transformar la experiencia, hacer una petición de principio introduciendo en la explicación lo que tiende a ser explicado, por no mencionar la suspensión lisa y llana de la faena por escépticas razones. Incluso es posible, en un estilo realmente pragmático, ocultar cómo se fueron dando los obstáculos y cuáles fueron los caminos que permitieron sortearlos, para no caer en subjetivismos oscurantistas. Entregando así al mercado de la compra-venta de discursos, la objetiva historia de cómo se alcanzó tal o cual verdad científica, adoleciendo de historiador y a mi entender también de veracidad, desde el mismo momento en que se eclipsa desde dónde se sostuvo el que pretende estar mostrándose imparcial. El dato puro y ayuno de subjetividades es pariente más directo de ilusión que de la realidad, de la que aseguran está sacado.
Haciendo de la observación los cimientos de mi tesis, no dudo en abandonar mis especulaciones teóricas cada vez que me lo ordene una nueva intelección de la experiencia. Aunque es justo aclarar que para llegar a esa instancia ni un instante cavilaré en llevar mis argumentaciones al extremo en una postura más proclive a la militancia política que a la del científico. ¿Pero acaso hay otro modo en las discusiones científicas que ser por un rato el abogado del diablo y defender con uñas y dientes los argumentos sobre un supuesto del que sin certeza psicótica mediante ni iluminismo profético, nosotros mismos dudamos? No lo sé, lo confieso. A este gato nadie le ha puesto su cascabel.
Admito que de seguro lo que sigue no es nuevo, pero para mí necesario, a pesar de que se vea como una trillada más sobre un campo ya cosechado. Porque es justamente lo que por lo pronto va diseccionando mis pasos por el labrantío científico, es que me permito soltarlo una vez más al viento, aunque sea con el propósito de calmar el miedo sin que se disipen con ello las oscuridades. No hay más remedio que enfrentar una y otra vez la tormentosa tarea de compartir con los demás no sólo lo que con asombro se ha alcanzado como una modesta verdad, sino también aquello que con pena se distinguió como un atolladero infranqueable que nos supera, y para el cual sólo tenemos nuestra versión, más o menos fragmentaria. La transmisión de la experiencia es tan fundamental como imprescindible, pues no es la tesis la que debe regular los casos, sino todo lo contrario. Y llegado el momento es oportuno caer en la cuenta de que por más que a ojos vista ningún pelo se escape de nuestra redecilla teóricamente solventada, siempre habrá algún traicionero capilar que se deje asomar desde otra perspectiva menos militante. Derrumbando de un sólo plumazo la endeble torre que supimos construir a fuerza de múltiples malabares. Equilibrio que se ve amenazados con cada nueva carta adosada del infinito mazo que supone la construcción del conocimiento, siempre y cuando sostengamos que la existencia del hombre es eternamente perdurable. Eso es pues lo que leo en el caso que hoy me ocupa, y precisamente de ello es un ejemplo el V.V.
Pues bien, me propongo ahora sí, ahondar en lo que respecta a la subjetividad que atañe a los fervientes devotos de la semidiosificada estatuilla del Viejo Vizcacha.
No ha de asombrarnos que tales seguidores no cuenten con todas las luces a su disposición. Esto se hace a la vista desde el mismo momento en que depositan no sólo sus esperanzas sino también sus agradecimientos en un trozo de materia. Aunque se sabe, y lo confirma el saber popular, que a más de una señorita, ciertas sustancias extensas las hacen caminar como al burro la zanahoria. Saber certificado incluso por eminencias de la literatura fantástica como un tal S. Freud o J. Lacan, que según sé, pasaron largo tiempo de sus vidas intentando explicar cómo un señor que llevamos dentro, al que llaman subconciente, agarra todo para el lado de los tomates. Pero siendo esto harina de otro costal, de ninguna forma del costal del V.V., no profundizaremos en ello.
Aquí lo que interesa, al menos a mí para ser franco, es ver por qué demonios un tipo le da tanta trascendencia a una figurilla a la que le adosa la responsabilidad de sus miserias o triunfos en vida. A decir verdad, creo que es inexplicable desde cualquier lógica, pero haré el intento por llegar al menos a plantear una hipótesis para que el resto de la comunidad científica comience a discutir sobre este interrogante, sin temor a dar por tierra con los paradigmas vigentes.
Mi hipótesis señores, es simple y terminante: estos tipos están locos.
¿Cómo ha de ser posible que vean en un pedazo de arcilla o yeso el poder mágico de un dios? Se me objetará que no es a la figura a la que adoran, aduciendo para ello que también la Santa Iglesia Católica venera las imágenes de sus santos por el solo hecho de representar simbólicamente a sus piadosos beatos. A lo que yo sin soberbia responderé tajantemente: ¿qué tiene que ver? No confundamos gordura con hinchazón. Bajo ningún punto de vista puede sostenerse algún tipo de parecido. No me vengan con patrañas, que yo conozco muy bien la biblia y eso es otra cosa. Esa costumbre de adorar cachivaches está documentado que es de los pueblos paganos, que fueron oportunamente destruidos por la ira de Dios. Adoración diabólica. Fetichismo de la materia que embrutece a los mortales. Y digo fetichismo sin ninguna intención de hacer mención a las comunistas versiones que posee de la sociedad ese señor K. Marx que se la pasa pronosticando revoluciones. Por favor, la única revolución más o menos coherente que ha existido, a mi entender y el de todas las personas respetables, es la francesa. Porque ahí, según leí, la humanidad abandonó las cadenas que los sojuzgaban y tuvieron la posibilidad de tomar el trabajo que mejor les convenía sin más abusos ni explotaciones de los canallescos feudales. ¿O me van a venir ahora con eso del fetichismo de la mercancía para salir a favor del viejo éste que ya me tiene podrido? Ya me parece escucharlos, diciendo que el dinero es un pedazo de papel que adquiere un valor tan descomunal como el que yo leo en las paganas estatuitas del viejo desgraciado ése. Pero dejensé de joder, y perdonen mi expresión, pero es que me pongo como loco. Son cosas distintas. No tiene nada que ver, queridos. Es simple, con dinero uno puede comprarse un florero, una silla, un ventilador, o lo que quiera. No voy a decirle yo qué es lo que tienen que comprar. Hagan lo que quieran con su plata señores, qué me importa a mí. O ahora me van a venir a pedir consejo de qué les conviene más comprar. Por favor. Terminemos con estas discusiones bizantinas. Y el fetichista, para que sepan, es el señor que presuroso por los calores hormonales homenajea por ejemplo a un zapato, o aquel que calma sus ansias libidinales por la vía manipuladora a fuerza de ejercer su facultad olfatoria sobre sugestivos atavíos, encontrando un particular atractivo por aquellos que atesoran cuantiosos hedores en virtud de su privilegiada ubicación en relación a la anatomía femenina.
Pero bien, volvamos a los cauces de este tormentoso río de incertidumbres en el que nos hemos embarcado. La labor que tenemos los científicos es demasiado ardua como para detenernos en los tenebrosos remolinos en los que habitan los obtusos mediocres de siempre. Por lo tanto es hora de ir vinculando los distintos datos que a lo largo de este libro se han ido poniendo en juego en lo referente al Vizcacha. Sin embargo, no creo que sirva mucho retomar lo que figura en el capítulo que antecede al mío. Es más, confieso que yo mismo les he pedido a los editores que supriman tal artículo por ser redondamente poco serio, pero viendo que de esa forma se ponía en juego mi propia difusión, opté abandonar tal empresa. Aunque a mí, no me van a hacer callar. Nadie me va a venir a decir qué es lo que puedo poner en mi segmento. Éste es mi segmento, por si no sabían; así que no ahorraré críticas. Críticas desde luego constructivas, pues los que me conocen pueden atestiguar con toda vehemencia que yo no soy de esos que andan tirando toscas a troche moche. ¿Pero, qué quieren que les diga? Las líneas de ese dudoso científico me suenan como puras especulaciones de un pisaverde que tiene más afán en publicitar sus tristes viajes, de muy cuestionable realización, que en dar respuesta a algún enigma. Pero deposito mis esperanzas en que el lector sepa diferenciar un trabajo serio, como el mío claro está, de otros de poco rigor. Humildemente lo digo, y sino pregúntenle a quien quieran.
La percepción de unos párrafos donde Hernández inventa un personaje, después de una estatua enterrada en unas sierras y luego de un cartel que denuncia el nombre de un golfo son menos muestra de la causalidad histórica que de la delirante asociación de ideas de un enfermo. No se puede explicar un hecho con sólo unirlo a otro, esa vinculación es completamente arbitraria. De este ensamblaje de argumentos llevados al extremo cabría deducir que no existe la posibilidad de que se establezcan razonamientos y ni siquiera ciencia alguna. La paradójica verdad es que existen, en casi innumerable número. El historial del V.V. aquí relatado es una muestra de ello. En él abundan las explicaciones dentro sistemas increíbles, pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional, que exhiben que se persigue más el asombro que la verosimilitud. Ahora bien, sin estar el análisis de tal cuestión dentro de las caprichosas expectativas de este trabajo, dejaré el falsacionismo de tan cuantiosas y contradictorias hipótesis para otra empresa.

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